“¿Por dónde empezar?” “Por el principio, por supuesto.” “¿Y cuál es el principio?”
Ah, todavía recuerdo la vez que escuché esa frase. Por dónde comenzar, me pregunto. Hubo varios comienzos en mi vida, eso seguro. Tal vez lo conveniente sea empezar por mi primer recuerdo. Sí, eso es. Explica varias cosas. O tal vez no tantas, pero es por donde todos comienzan. Así que, ¿Por qué no seguirle, por una sola vez, la corriente a la gente?
Primero, deberían imaginar una mujer dormida sobre el asfalto. No era de esas pobrecillas sin dinero ni apariencia. Más bien, era toda una Reina que, entre tantas decisiones sin ton ni son que tomaba, simplemente quiso recostarse allí. Sus rubios cabellos, sus hermosos ojos azules, su dulce aroma y aquel vestido de encaje blanco, delataban su posición social. ¡Pero que bella se veía aquella vez, con esa cantidad incontable de flores esparcidas sobre su cuerpo! ¡Rosas rojas, ni más ni menos! Los pétalos se juntaban unos con otros, hasta parecer un líquido escarlata. ¡Incluso y se habían acumulado en todo su cuello, parecían un collar! Y aún así, preciosa como estaba, el hombre enfrente suyo estaba en completo shock. Estaba temblando, angustiado, intentando cubrir sus lágrimas con sus manos… Quién sabe, tal vez era la emoción. O bien carecía de buen gusto, cosa que no mucho después comprobé. Pero, confíen en mis palabras, era un cuadro perfecto, el cual cualquiera querría retratar.
Oh, pero había una criaturita cerca también, la cual le agregaba dramatismo al cuadro, y es digna de mención. Pelo castaño, algo enrulado, tan largo como lo puede tener una niña de 3 años. Grandes ojos azules, que parpadeaban constantemente, muestra de su falta de comprensión. Y una carita perfecta, con rasgos tan infantiles como los que tendría cualquiera de su edad. Su vestido, rosa pastel, también tenía pegados algunos pétalos, tal vez se le habían enganchado al haberse acercado a su madre. ¿Pueden imaginárselo? Oh, por supuesto que no pueden. Sólo aquellos que conviven con la locura podrían ver las cosas a mi manera, con la misma perfección con la que yo me lo imagino. Pero, quienes lo comprendan, también comprenderán que las criaturas pequeñas sienten indiferencia, o incluso atracción, hacia aquello que los tan aclamados adultos temen. Así, pues, la niña miraba con curiosidad a los dos gigantes que habían traído el ramo de flores. Sí, gigantes. Eran, sin necesidad de aclararlo, enormes, deformes, demacrados, con dientes puntiagudos y ojos carmesí. La niña incluso era capaz de ver un par de cuernillos asomándose por detrás de sus, también puntiagudas, orejas. Eran, como ustedes ya se imaginarán, monstruos. Sin embargo, y pasándole por arriba a las exageradas advertencias de su querido padre, la chiquilla se les acercó. Les preguntó, sin ningún miedo, qué había pasado. Las bestias, a quienes creyó incapaces de responderle, le dijeron, con voz macabra, demente, y desafinada, digna de la apariencia pútrida que tenían:
“¿Por dónde empezar?” “Por el principio, por supuesto.” “¿Y cuál es el principio?”. ¡Qué valiente aquella pequeña, que ni siquiera tembló ante tal horror! De sólo pensarlo, me dan escalofríos. Pero, como dije antes, será por la fascinación que ella sentía hacia lo terrorífico lo que le hizo actuar así. Si fuese yo, saldría corriendo. O tal vez no. Pero lo cierto es que me quedaría helada ante tan extraña presencia… Pero ella no. Simplemente esperó a que siguieran hablando. Sus distorsionadas voces le hicieron difícil la comprensión de las palabras, pero pudo sacar un poco de información elemental: “El principio y el final de lo que podemos contarle, dulzura, son nuestros nombres. Jessica y James, niña. ¿Y qué hay de usted, damita?”. El resto eran puros gemidos monstruosos, que se terminaron convirtiendo en una risa de lo más demente. Tan demente como “Marianne”, nombre con el cual se presentó la pequeña. A aquella corta respuesta, que habíase ejecutado con la ternura de la infancia, y una voz más dulce de lo imaginable, los gigantes rompieron a carcajadas. “¡Qué indecente!” fue lo único que pudo pensar ella, en una situación que requería de cierta elaboración al pensamiento. Oh, pero yo la entiendo perfectamente. Porque incluso los dementes debemos tener etiqueta. Y, sin ir más lejos… ¿Qué más podría pensar una niña de débil constitución, quien había sido educada estrictamente durante su corta vida, quien nunca había en su vida visto unos gigantes? No le parecieron dañinos. Pero, es de saber general, que una mujer vestida de rojo nunca es un buen augurio. Y menos cuando lleva un ramo de rosas. Por suerte, a pesar de la falta de raciocinio de la niña para interpretar la situación, su padre estaba más que consciente. No parecía tener fuerzas, sin embargo, murmuró algo, que la niña no llegó a escuchar. La voz del hombre siempre había sido baja, y con cierto sentimiento de alegría, del cual ya no quedaban rastros. Pero, parecía haberlo hecho a propósito. Fuese cual fuese, aquella frase hizo que los gigantes se rieran. La niña estaba confundida, y alternaba su mirada entre su querido padre, y aquellos monstruos. ¿De qué se reían? ¿Por qué estaba tan deprimido su padre? ¿Por qué su madre estaba tan quieta, si minutos atrás había estado jugando con ella? Todas aquellas cosas no tenían sentido alguno. Ah, qué envidia. Envidia, porque desearía ser tan ingenua como la pequeña. Una situación tan obvia, sin embargo, tan desconocida para ella.
“Pequeña Marianne, ¿No querés jugar?” La gigante se agachó, para así estar a la altura de la niña, y le sonrío de una forma que la criaturita nunca había visto: parecía felíz, pero incluso ella podía percatarse de que algo estaba mal. Los ojos se le abrieron de sobremanera, y su rostro se deformó aún más. Las sospechas aumentaron cuando la bestia le extendió el brazo, pensando que Marianne agarraría su mano… y estuvo a punto de hacerlo, por qué no. Desde pequeña, siempre había sentido fascinación por el rojo. La razón, era una que sólo podría tener una infante: sus dulces favoritos, los caramelos, tanto de frutilla como de cereza, eran de color rojo. Distintos tintes, sí, pero seguían siendo rojos. Y descubrió, así, de a poquito, que las rosas y los vestidos rojos, que ella veía tan seguido en las muñecas, eran muy bonitos también. ¿Qué razonamiento podría haber tenido entonces, cuando vio a una mujer sonriente, vestida de rojo y con un ramo de rosas? ¡Ah, las cosas espantosas que hubiesen ocurrido si su padre no hubiese estado! ¡Qué hombre valiente, aquel que tomó a de la mano a la niña, y la cubrió con su cuerpo, al ver el cambio de expresión de los monstruos, a pesar de que hace segundos estaba petrificado! Le preguntó, pobre niña, qué pasaba. Pero, responder, en ese momento, no era una necesidad. Acababa de perder a su Reina. No estaba dispuesto a perder a su Princesa también. No importaba cuanto amenazase la gigante, él la seguiría estrechando entre sus temblorosos brazos. “No te preocupes” dijo la de Ojos Carmesí con tono de desdén, intentando alzar la voz por encima de la risa de hiena del otro gigante, “El Verdugo me mataría si se enterase de que maté a una nena”. Se levantó otra vez, adoptando una postura extraña, como cualquiera esperaría de un ser como ese.
Ella no abandonaba su sonrisa, así como el desgraciado padre no bajaba su guardia. ¡Qué terror y qué desagrado me da el sólo pensarlo! ¡Y, aún así, me resulta de lo más fascinante! ¿Cómo es que un mero mestizo por sólo amor paternal, se decidió a protegerla? ¿Y si le arrebataban la vida a ambos? Eso no importaba. Al principio, yo no lo entendía, pero ahora… Ah~ Mejor sería volver al relato, ¿Cierto? No quieren que su anfitriona comience a llorar, ¿Cierto?
Y, ahí estaban. Las dos bestias no se movían un solo milímetro de su lugar, si bien mantenían su cara de póker, aquella sonrisa demente. Como si estuviesen esperando que algo ocurriese… y, sin duda, ocurrió. Un tercer gigante les apareció por detrás. Era, incluso, más grande que los otros dos, al punto en que la niña no llegaba a ver siquiera su rostro, y lo consideró una simple sombra. Él debe de haber dicho muchas cosas, pero sólo logró escuchar un “Deberían irse”, dirigido, por supuesto, a la pequeña y su padre. Este último obedeció sin rechistar. Tomó de la mano a su Princesa, y salió corrió tan rápido como sus pies le permitían. La inocente criatura, en cambio, sólo podía preguntar las mismas cosas una y otra vez: “¿Y mamá? ¿Va a volver? ¿Por qué la dejamos allá?”. Él, sin embargo, no respondió a ninguna. Pensándolo ahora, aquellas preguntas deben haber destrozado el corazón de alguien tan frágil como lo era él. Debe haber llorado días y noches, de eso no hay duda.
Y, así, como todo padre que se aprecie, la estrechó en sus brazos en cuanto consideró estar a salvo. Comenzó, con un tono de voz casi inaudible, a decirle palabras de consuelo a la pequeña niña. ¡Qué desesperado estaba, que ni siquiera se daba cuenta de que se las estaba diciendo a él mismo! Y ella no caía en cuenta, no tenía ni la menor idea. “¿Qué es ese tono de voz que tiene papá? ¿Qué es aquello que resbala por sus mejillas?” Podríamos resumir los pensamientos de la pequeña en dos frases tan cortas, y a la vez tan tristes…
Y, queridos, aquella es mi tan dramática primer memoria. “¿Y dónde estabas?” se preguntarán, por supuesto. Yo era, ni más ni menos, que la criaturita. Eso es, “Marianne”. Un bonito nombre, ¿Cierto? Ah, pero por más hermoso que sea, no me queda otra que pedirles que se refieran a mí con algún apodo de su elección. Es una lástima desperdiciar tal nombre, pero no me queda otra, me temo. Ya que, ya no sé si soy “Marianne”. La mayoría de la gente, pasó a llamarme de varias maneras, “Reina Roja”, “Dama de las Marionetas”, o, incluso, “Queen of Hearts”. Claro, también hubo personas de lo más vulgares, como Darling, quienes optaron por usar una palabra de lo menos bienvenida en mi mundo… “Puta”. ¡Qué horrible denominación aquella! Y de lo menos merecida, también. Pero, eso es en lo que una dama se convierte a veces, a pesar de todo. Porque a veces a una comienza a disgustarle lo dulce, lo acaramelado, y la lógica de los adultos. Se comienza a amar lo que antes odiaba. Por supuesto, viceversa también. Lo voy a admitir, aunque sea sólo por esta vez. Soy una demente. Una con clase, mientras estamos en eso. Pero, queridos, ¿No es así todo más entretenido, no tiene todo más razones para ser como es?
Y, sin darle más vueltas al asunto, bienvenidos al retorcido mundo de la Reina de Corazones.