Prólogo: El sueño
La llegada de la noche sosegaba el estrés diario de cada uno de los vecinos de Woodland, los cuales se esforzaban diariamente en no ser echados de su trabajo a causa de la crisis que rodeaba al mundo. Muchos, ignorantes (ni si quiera se paraban a respirar y darse una pausa) simplemente se dejaban llevar por la rutina automáticamente como si fueran robots. La familia Jonshon era la única que no se encontraba en el vecindario sino que se ubicaba conduciendo sin rumbo a una velocidad estrepitosa.
- Creía que no volverían, se supone que nos ignorarían tras nuestra marcha – gritaba el Señor Jonhson confundido, mientras que miraba a su mujer con preocupación esperando una respuesta que le alejara de su alboroto mental.
- Tranquilízate, lo solucionaremos. Siempre ha sido así – Los ojos de la Señora Jonhson albergaban esperanza aunque su corazón, en cambio, opinaba todo lo contrario. Ella volteo su cuerpo hacia los asientos traseros donde se hallaba el pequeño Brett Jonhson, su hijo.
Este lloraba con furor asemejando realizar un pulso con los truenos para averiguar quién efectuaba mayor estruendo.
- Cariño, no te preocupes solo son truenos, no te harán nada – Dijo la señora entre susurros mientras acariciaba melancólicamente el rostro de su pequeño hijo.
Otro trueno rugió entre las nubes, seguido de un rayo que golpeo furiosamente la carretera provocando a su vez una luz que cegó a la familia. El coche freno apresuradamente tambaleándose hasta provocar su caída en la pequeña pero inclinada colina que se encontraba al lado de la calzada, seguidamente el vehículo dio varias vueltas de campanas hasta llegar al empapado césped, provocado por la lluvia que recientemente había dado su comienzo.
El pequeño Brett, a diferencia de sus padres, seguía consciente. Este ante el miedo que se extendía por su cuerpo a una velocidad vertiginosa había parado de llorar y se encontraba alerta a cada uno de los sonidos procedentes del exterior. Varios pasos sonaban en la lejanía, resultantes de las zancadas de tres personas (las cuales tapaban su rostro con unas capuchas de un color morado oscuro) que se aproximaban triunfantes hacia el coche.
Un sonido rompió el silencio que se había extendido entre la lluviosa noche
- No...No puedo permitirlo… – Sollozó el señor Jonhson, este se encontraba en el asiento delantero, al mismo tiempo que varias gotas de un color rojizo resbalaban por su brazo izquierdo. Acto seguido abrió con valentía la puerta, mientras que sostenía con fuerza lo que parecía un orbe.
Ann (así se llamaba la señora Jonhson) se levanto con dificultad al unísono que su marido. Ella tenía varios rasguños dispersados por todo el cuerpo y una pequeña brecha que se acoplaba en su frente. La mujer sintió como las gotas de lluvia rozaban sus rasguños provocándolos un escozor, aunque ella se esforzó lo máximo para ignorarlos y seguir adelante con soltura, se coloco al lado del Señor Jonshon y le entrego una mirada fría y segura.
- Hagámoslo, es lo único que nos queda – Ann espero la aprobación de su marido al mismo tiempo que le observo como la primera vez, su pelo rojizo que se enredaba entre sus dedos cada mañana, sus ojos verdes claros comparables con el color del mismo césped que actualmente se encontraba entre sus pies, su piel arrugada que definía el paso del tiempo… El tiempo que habían pasado juntos, pensó.
Los encapuchados corrían a gran velocidad hacia ellos, gritando e intentando evitar lo que iba a ocurrir en los siguientes segundos.
Jonh, el marido de Ann, cerró los ojos con fuerza mientras que una lágrima recorría con pudor su faceta. El hombre tambaleo de arriba abajo la cabeza, aprobando la decisión de su mujer. Él la miro y le dio un último beso furtivo. Los dos lanzaron una mirada fugaz hacia su hijo que se encontraba entre la penumbra del coche, a continuación juntaron sus manos, transmitiéndose más que nunca sus sentimientos.
- ! Thysiarum ¡– Gritaron al unisonó mientras que una luz rosada proveniente de las manos de los afectados nublaba el ambiente.
El coche en el que se encontraba Brett empezó a flotar mientras que se tambaleaba con fuerza. En el paso de un segundo, el pequeño, noto como se le revolvía la barriga al mismo tiempo que notaba como algo le presionaba la cabeza dejándolo inconsciente. Gritos de dolor fueron los últimos sonidos que Brett logró escuchar con claridad aquella noche.