Muchos me conocerán. Otros no tanto. Muchos me odiarán, y dirán "anda, el troll de hace unos años", mientras que otros dirán "joder, se le echaba de menos" . En fin, los tiempos cambian, la gente cambia, y DemonEyesKyo también. Llevo alrededor de un año escribiendo una novela, enfócandome en que no haya incongruencias históricas, entre otros detalles. Es una novela negra con toques mitológicos, multicéntrica, y con un transfondo histórico "creible". Algunos conocerán el blog de la novela, otros el grupo de facebook, y otros no sabrán nada de Marcus. Aquí os dejo todo lo que tengo subido, en orden.
Spoiler para Diario de Marcus, Día 1:
Es el momento de comenzar mis crónicas, las crónicas de un hombre maldito, las crónicas de un hombre deshauciado moralmente, sin descendencia, sin pasado, presente o futuro. Soy Marcus, y mientras escribo estas líneas, los restos de mi casa arden detrás de mí. Todo lo que había conocido en este mundo ha sido borrado de la faz de la tierra: Mis amigos, mi familia, mi nombre, mis recuerdos, mi vida. Nada queda ya de mí, tan sólo un vacío cascarón. ¿He sido yo el culpable? No lo sé con certeza, tan solo sé que mi mundo ha llegado a su fin. Tan solo me queda escapar de aquí, y poder encontrar la verdad, esa perra que siempre se escapa delante de mis ojos una y otra vez. Quizás mi destino se reduzca a no saber qué ha sucedido hoy aquí, cómo ha sucedido y por qué. Pero no me importa, encontraré la verdad, aunque deba sacrificar mi cascarón vacío en ello, se lo debo a ellos, y me lo debo a mí. Escucho pasos, algunos acelerados y otros más pausados... parece que se acercan a averiguar que ha pasado en mi hogar, aquel lugar que muchos habían temido, que muchos creían maldito... las llamas habrán alertado a bastantes curiosos y a pocos interesados en mi bienestar... he de irme de aquí y no volver jamás. He tomado mi decisión, y esto es algo que esta humilde e ignorante multitud jamás podrá comprender. No puedo quedarme, si me quedo, todo habrá sido en vano, sus sacrificios habrán sido en vano. No debo quedarme... si lo hago les habré fallado y jamás descubriré que ha pasado aquí realmente. He de apresurarme, escucho como se acercan.
-Diario de Marcus, Día 1-
Spoiler para Diario de Marcus, Día 11:
Finalmente he podido, después de 10 días perdido entre bosques, montañas, lagos y desiertos, encontrar algo de civilización.
No hay rastros de quién ha destruido mi vida, de quién ha asesinado a mi mujer, Marie, ni a mis dos amados hijos, Adam y Claire.
Mi esposa era la criatura más bella que jamás haya existido en éste mundo. Su cabello azabache brillaba todos los días, desde el mismo momento en el que la conocí. Ambos éramos jóvenes, y ella era la dama de otro caballero. Un hombre mezquino, egocéntrico y pedante que sólo buscaba utilizarla como objeto sexual, mientras se mofaba de ella en público y la maltrataba física y psicológicamente en privado. Nunca pude armarme de valor para declararle mi amor, fui un cobarde, mientras veía como sufría a manos de un patán de poca monta.
Encontré a Marie cerca de la unión entre los ríos Trent y Neuse, uno de mis sitios favoritos para relajarme cuando era joven. Fue entonces cuando la vi: estaba llorando, su ropa hecha jirones y en su rostro, un cardenal se dibujaba notablemente en su mejilla derecha. Incluso en este estado, su belleza era deslumbrante. Su fino rostro ovalado, además de esa bella y fina nariz, sus preciosos labios, humildes en contenido pero generosos en calidad, y sus ojos cobrizos... los ojos más expresivos que he visto en toda mi vida y por los que me atrevería a dar mi vida.
Me armé de valor y comencé a acercarme a ella, parecía tan vulnerable e indefensa... todo su cuerpo temblaba involuntariamente, tanto por miedo, como por frío. Me sentía impotente, no sabía que hacer ni que decir... tan solo seguí acercándome, como si estuviera hipnotizado por su belleza. Cuando por fin estuve a su lado, quien se convertiría en mi esposa me miró, mientras se enjugaba los ojos intentando demostrar valor y valentía. Finalmente estaba cara a cara con Marie y no sabía qué hacer, estaba totalmente en blanco, y solamente actué. La abracé, dándole palabras de amor y de cariño, algo que no había recibido ni por parte de su madre, una alcohólica que sólo se preocupaba de tener su trago listo y su padre, un estafador a quién nunca conoció, que embarazó a su madre y se escapó apenas se presentó la oportunidad de huir de tal responsabilidad.
Un año después de mi encuentro con ella en el río, nos casamos. Fue el día más feliz de nuestras vidas, hasta que el impresentable maltratador quiso arruinarnos la boda. Apareció delante de todos, testigos de su locura, llorando y aferrándose a la pierna de Marie, pidiéndole disculpas, insistiendo que por favor volviera con él... hasta que escuché lo suficiente. Arranqué las zarpas de esa bestia de la esbelta novia, mientras los invitados se lo llevaron de allí, siempre me arrepentiría de no haber zanjado el asunto en ese momento.
Pasaron dos años hasta que mi amada Marie dió a luz a mellizos, un bello niño, al que llamamos Adam, y una saludable y menuda niña, a quien nombraríamos Claire, en honor a mi madre.
Ha llegado el momento de seguir mi viaje y mi búsqueda, estoy cada vez más cerca de descubrir la verdad: descubrir por qué fui el único superviviente, por qué no recuerdo nada de esa noche... y por qué estaba bañado en la sangre de mi familia la noche en la que mi hogar, el único que siempre he conocido, ardió, convirtiendo los recuerdos de mi vida en cenizas.
- Diario de Marcus, Dia 11 -
Escribo ésto para que entendaís más de mi vida. Creo que he descubierto dónde se encuentra, al fin he dado con él. Iré a buscarlo... pero no podré contaros más de mi vida durante algunos días, estaré totalmente desconectado de la civilización. ¿Podreís sobrevivir sin saber la verdad durante 9 días?
Marcus
Spoiler para Diario de Marcus, Día 23:
He logrado darle caza. Finalmente conseguí verme frente a frente con él. Él, quien asesinó a mi familia, quien me dejó desahuciado, quien quemó mi casa hasta los cimientos.
Su rostro demostraba una insensibilidad absoluta, la misma que podría demostrar un cadáver. Su largo cabello gris, volando con el viento, caía suavemente en sus hombros; mientras que su mano derecha juguetaba con un trozo de papel de un color que no logro identificar, ya que la velocidad con la que mueve el papel es vertiginosa... solo se ven rápidos y fugaces destellos del objeto en cuestión, hasta que súbitamente, "Él" cierra el puño poniendo fin al jueguecito, mientras una sonrisa diabólica se dibujaba en su rostro.
Me dará respuestas, tanto por las buenas... como por las malas.
- ¿Quién eres? ¡¿Por qué lo has hecho?! ¡¿Acaso había alguna razón para dejarme sin nada?! ¡¿Para arrancar de mis manos al amor de mi vida, para segar las vidas de dos niños inocentes, MIS niños?! ¡Quiero respuestas, joder, y las quiero ya!
A "Él" no pareció importarle ni mis preguntas ni mis dudas, sólo sonrío y con su voz, una voz críptica y grave, dijo:
- Yo soy tú, tú eres yo. Todo lo que ocurre, sucede por una razón más allá de la comprensión humana y de tu comprensión, joven Marcus. Lo hecho, hecho está, muchacho.
Son las normas, y Dios, como disfruto con ellas. Cada vejación, cada mutilación, cada asesinato, cada violación... tu mujer se portó muy bien Marcus ¡Vaya si se portó bien! No se quejó, tan sólo se rindió ante mí... aunque claro, es lógico ya que cuando nos "pusimos íntimos"... ¡Ya era un jodido fiambre!
En ese momento estallé, y la ira tomó control de mí, como nunca lo había hecho en mis treinta años de vida.
Me abalancé hacia "Él" con una furia que jamás habia sabido que existiera siquiera en mi alma. Otra vez esa puta sonrisa en su rostro. Veo algo, un destello en su mano izquierda: un cuchillo.
Me evade sin esfuerzo, grácilmente, como si de una pluma llevada por el viento se tratase, y siento un dolor punzante en el pecho repetidamente: una, dos, tres, cuatro... hasta que dejé de contar. "Él" volvió a reírse macabramente y añadió:
-Terminus est, Marcus.
Luego oscuridad, simple, tenebrosa, misteriosa, críptica y eterna oscuridad.
Spoiler para Diario de Marcus, Día 28:
No sé cómo, ni por qué, pero estoy vivo. Las heridas que “Él” me había inflingido han cicatrizado. Intento levantarme del suelo suavemente, ya que mi cuerpo está entumecido y lento, lo que significa que llevo algunos días en medio de la nada. ¿Quién me habrá curado? ¿Cómo me habrá encontrado? Dudo que me haya curado por mí mismo, ya que estaba prácticamente muerto. Ningún ser humano es capaz de curar tamañas heridas como las que “Él” me ha causado.
Estaba desangrándome, aferrándome a los vestigios de vida que quedaban en mí, dirigiéndome hacia el abismo, y no hacia la luz al final del túnel… pero entonces algo sucedió. Un pequeño destello, ni tinieblas ni luz, se dibujó en el túnel, mientras me debatía entre la vida y la muerte. Atrás habían quedado las puñaladas, el momento de éxtasis al encontrarlo a “Él”, y todo lo que había sucedido, el nacimiento de mis hijos, mi boda, cuando conocí a mi amada Marie… todo careció de importancia. Lo único que me preocupaba, que me consternaba, hasta el mismísimo punto de la obsesión, era tan sólo una cosa: el destello.
Sentía amor, adoración, admiración, como si del mismísimo Todopoderoso se tratara. Despedía una luz cálida, maternal e hipnótica. Cuando quise darme cuenta, me encontraba cara a cara con el destello. De repente una voz hizo eco en el túnel, una voz proveniente de aquel destello:
—Marcus ¿Deseas vivir?
—¿Quién eres? ¿Cómo conoces mi nombre?
—Eso carece de importancia. Responde a la pregunta que se te ha hecho, mortal.
—Sí –respondí finalmente, con el poco aliento y las pocas fuerzas que me quedaban. Deseo vivir, deseo encontrar a ese hijo de puta y vengarme. No me importa el precio, no me importa lo que tenga que sacrificar por ello, tan sólo quiero una oportunidad más para poder igualar las tornas. Haré que sufra lo mismo que yo he sufrido, me mancharé las manos con la sangre de sus hijos, con la sangre de sus seres queridos, con la sangre de cada persona que pueda importarle aunque sea un ápice. No lo mataré, tan sólo lo haré sufrir, como nadie lo ha hecho sufrir jamás, hasta el punto que desee estar muerto.
—Que así sea, Marcus. Tú mismo eres quien lleva el fino hilo de tu Destino. Tú y solo tú decidirás qué hacer llegado el momento.
—¿Quién eres?
—Hasta que volvamos a encontrarnos, en el ecuador entre la vida y la muerte, Marcus.
Y entonces desperté. Desconozco cuánto tiempo estuve en ese estado, si había alucinado esa conversación, o si había sido verdad, pero lo que sí sabía era una cosa: el Destino me había concedido una oportunidad más, una oportunidad para encontrar a ese hijo de perra y torturarlo como nunca nadie lo ha hecho jamás. ¿Cuáles eran las “normas” que “Él” había mencionado? ¿Tendría alguna razón o un motivo por lo que hizo lo que hizo?
No me importaba, en ese momento sólo quería verlo sufrir.
- Diario de Marcus, Día 28 -
Spoiler para Episodio 1: El Inicio:
Se acabó el papel de Marcus. Ahora el que escribe este blog soy yo, su autor. Lo que intenté que vierais con estas entradas al diario de Marcus era la historia del personaje, qué lo conduce, qué lo mueve, y quién es en realidad, además del misterio, del carácter mitológico que tendrá esta historia. Muchos me habéis dicho que el personaje de "Él" ha sido el que más os ha gustado, por ese retorcido y macabro sentido del humor, por esa forma de ser siniestra y a la vez absurda. Tendréis "Él" para rato, tranquilos.
Ahora, sin más dilación, comienza la historia de Marcus:
Episodio 1: Las dos caras de la moneda
Todo lo que existe en éste patético mundo es frágil. Desde las hojas secas de un árbol, siendo arrastradas por el viento a la vez que son cercenadas, hasta las construcciones más magníficas que crea el ser humano, como el Coliseo Romano, o el Taj Mahal. Los seres que creen ser los “gobernadores del mundo” jamás aprenderán: siempre que crean, destruyen. Son destructores por naturaleza, ratas de cloaca que luchan por sobrevivir y subsistir, escondiendo la fragilidad que cada uno tiene en su interior. La fragilidad de los seres humanos es casi poética: pueden morir de mil y una formas, buscan una forma de morir “con dignidad”, intentan vivir para siempre o incluso algunos, aquellos que creen que la vida es una “carga”, prefieren dejar todo atrás e inclinarse a cambiar de vida, pasar a un plano más allá de la comprensión humana… un plano que es inexistente. Aunque todos, pobres y ricos, buenos y malos, luchen o lloren, a todos, a cada uno de ellos, se los lleva Caronte. Todos son olvidados, todos desfallecen, todos sencillamente, mueren… minuto a minuto y segundo a segundo, pero ninguno realmente realiza nada notable, algo que marque una diferencia… salvo destruir. Las excusas que utilizan para demoler algo bello y quebrar la armonía de las personas, de los pueblos, de los continentes, del universo, son siempre las mismas. Aunque quieran persuadirnos o intimidarnos de que son diferentes al resto, no son copos de nieve, son seres uniformes psicológicamente. Seres que se mueven por celos. Cada pequeño elemento que está representado en nuestro mundo tiene un inicio… y tiene un final. Todos y cada uno… menos yo.
- Diario de Marcus, día 97881-
—¡Doctor Merino, tenemos una emergencia! Dos hombres, edad desconocida, ambos parecen haber caído desde las Torres MAPFRE, uno de ellos herido grave, el otro herido muy grave, ambos con grandes hemorragias causadas por arma blanca. Han perdido mucha sangre, doctor, no sé si….
—Tranquilícese, mujer, todo saldrá bien. ¿Quiénes son?, intenta averiguar el doctor Merino mientras se apresura revisar a los pacientes.
—No lo sé doctor, no portaban ningún tipo de documentación, sólo encontramos un diario… y los pocos testigos dicen que no eran de la zona…
—No se preocupe, ya averiguaremos algo de ellos, por ahora, la prioridad es salvar la vida de ambos. Primero, consígame unidades de sangre, para ambos. Y preparad dos salas de quirófano, necesitan intervenciones urgentes.
El doctor Isaac Merino era un veterano. Su rostro poseía una mezcla de distintos rasgos: tenía las típicas arrugas de una persona de la tercera edad, aunque si no fuera por esto, hubiera sido muy difícil imaginar cuántos años tendría. Su nariz aguileña destacaba, de forma increíble sobre su rostro, sus grandes ojos azules, parecían estar siempre en algún otro lugar, en un plano o en un tiempo más allá del presente. Una larga y generosa melena gris se posaba sobre sus hombros, se jactaba de no haber tenido calvos en la familia Merino desde tiempos inmemoriales. Isaac había “sobrevivido” a muchas intervenciones quirúrgicas y a muchas emergencias. A sus sesenta años, el doctor Merino había sido médico durante épocas tortuosas: había visto morir a amigos, grandes amigos, a manos de sus propios hermanos en la guerra civil; había ejercido en la clandestinidad, siendo médico para el bando republicano en la época de la dictadura, teniendo que operar con utensilios de cocina y herramientas variopintas, mientras sus pacientes, sin anestesia, pedían que acabara el mismo doctor Merino con su dolor. Nunca los escuchó, siempre luchó por ellos, aunque algunos no sobrevivieron a las intervenciones, y los que lo hacían, morían en combate. Sólo unos pocos habían llegado a ver el segundo milenio, pero esos pocos eran como hermanos para Merino.
En el Hospital Del Mar todos los días son iguales: neumonías, intentos fallidos de suicidio, accidentes marítimos, su cercanía al mar lo convierte en un centro médico que siempre ha de estar preparado para todo. Sus largos y confusos pasillos son una auténtica odisea para los médicos recién llegados, y también para los pacientes: es un paseo laberíntico moverse por este baluarte científico de la ciudad. Su vista al mar ha sido la última visión para muchos moribundos, que dejaron su vida en manos del caprichoso destino. Bañado por las aguas del mediterráneo y arquitectónicamente imponente y único, contiene, además, una de las producciones científicas más importantes del país, por lo que suele haber más científicos que médicos. Posee un inmenso rebaño de médicos inexpertos y jóvenes, salvo un puñado de viejos lobos, experimentados y curtidos en mil y una batallas. Uno de esos pocos es el doctor Isaac Merino.
Todo sucede muy deprisa, mientras el veterano doctor se dirige con paso firme y seguro a intervenir al hombre recién llegado que presenta mayor gravedad. Isaac observa el rostro de su paciente: un hombre de complexión normal, cuarenta y pocos años. Su rostro alargado transmite una fragilidad casi palpable. Su semblante parece demostrar una buena nutrición, sin llegar al exceso de la glotonería. Merino observa esa mirada de absoluta serenidad que tan bien conoce, infinitamente apacible, gracias a la anestesia. El corto pelo negro desgastado por las canas, lleno de una grotesca mezcla entre gomina y sangre, unido además a fragmentos de cristal incrustados a lo ancho y a lo largo de su cuerpo, añadido a diversos cortes profundos y rasguños lo convertían en un espectáculo dantesco.
Isaac y su equipo se pusieron manos a la obra, había una vida que debía ser salvada.
Spoiler para Episodio 2: El Despertar:
Episodio 2: El Despertar
Habían pasado dos semanas desde la fatídica noche en la que aquellos dos desconocidos habían sido intervenidos en el Hospital del Mar. Los dos pacientes habían pasado por noches muy duras, transcurrido la mayor parte del tiempo en la UCI, debatiéndose constantemente entre la vida y la muerte. El paciente que había sido intervenido por el doctor Merino ya estaba totalmente despierto, mientras que el otro hombre, el que en principio revestía menor gravedad, había caído en un profundo coma. Ambos habían sufrido una contusión craneal, pero gracias a la experiencia de Isaac Merino, el hombre atendido por el veterano doctor había tenido un post-operatorio mucho más ameno, pudiendo despertar incluso después de semejante y brutal caída. Mientras que al otro desconocido lo había intervenido el doctor Galindo, un recién llegado al Hospital del Mar, quien había sido destinado a urgencias (como la mayoría de los interinos jóvenes) y resultó ser de los pocos cirujanos disponibles en el momento, hecho que afectó directamente la salud del segundo desconocido.
Durante esos dos días Isaac había mantenido el diario encontrado bajo llave en su escritorio, para que ningún curioso pudiera ponerle las manos encima, ya que los dos hombres eran el nuevo tema principal de cotilleo en el hospital. Merino se disponía a tener una charla con su paciente desconocido, quien había sido bautizado como “Pepe” entre el personal del hospital mientras éstos teorizaban acerca de la identidad de ambos desconocidos, y más teniendo en cuenta que todas las averiguaciones e indagaciones hechas por el personal del Hospital (identificaciones rutinarias en éstos casos mediante huellas dactilares o bien utilizando el sistema Reniec*) habían terminado en un callejón sin salida.
Cuando Isaac llegó finalmente a la habitación de “Pepe” una mezcla de olores embargaron sus sentidos: una extraña fusión entre aromas de hospital y ambientador barato, que hacían a Isaac recordar el escaso presupuesto sanitario de la salud pública y el buen corazón de las enfermeras, Pepi y Ángela. Pepi era una enfermera con veinte años a sus espaldas como practicante. Con sus casi sesenta años, poco tiempo quedaba para ella en este lugar, y junto con él, las ilusiones y delirios de convertirse en una enfermera que llegara a descubrir curas que ni los propios médicos y científicos soñarían con obtener. La pobre Pepi utiliza su trabajo como foco en su longeva existencia, para así olvidarse de la cruda realidad de su vida: su débil marido, Lolo, quien a sus setenta y dos años padecía Alzheimer. Lolo era un gallego simple y sencillo, de una pequeña ciudad (por pocos habitantes no es un pueblo), llamado Ferrol. Lolo había visto la supuesta salvación del Ferrol por el generalísimo de unos rojos que supuestamente robaban y quemaban todo a su paso, aunque hacía oídos sordos de las desapariciones provocadas por el régimen, tachando a todos de “traidores a la patria” y cerrando el propio engaño en el que vivía con un “lo tenían merecido”. En su juventud era un alto y fornido mozalbete al cual las chiquillas adoraban, con sus pequeños rizos castaños ondeando al viento. Sus enormes ojos marrones destacaban en su rostro delgado, por encima del restode sus rasgos. Conoció a Pepi en uno de sus “viajes de negocios” y, aunque en su momento jamás lo hubiera imaginado, conocerla le cambió la vida. Intentó convertirse en alguien en ésta vida, y así fue: terminó como jefe de obras en una de las más grandes empresas de construcción en pleno auge inmobiliario, dándole una economía familiar envidiada por sus vecinos e incluso por su familia. Hasta que llegó el Alzheimer. Pepi estaba desconcertada, ya que su trabajo no era la gran cosa y no estaba acostumbrada a vivir con tan poco dinero (su sueldo era “mísero”, o al menos eso decía Lolo). En éstos momentos agradece no haber tenido hijos, y así salvarse de tener una boca más que alimentar.
Primero Lolo olvidaba pequeñas cosas, como donde había dejado las llaves o qué tenía que comprar en el supermercado… pero a medida que avanzaba la aterradora enfermedad, no recordaba ni el nombre de su propia esposa. Pepi sigue teniendo fe, la fe de que su querido Lolo vuelva a ser quién era antes, pero los médicos dudan que esto suceda. Su marido está en un estado irreversible, y sólo es cuestión de tiempo hasta que olvide todo y no pueda siquiera hacer cosas tan triviales y básicas como ir al baño solo.
Por otro lado, tenemos a la joven Bárbara, residente en el hospital y disciplinada de nacimiento. Vivir en las Tres Mil en Sevilla hace mella en cualquiera, menos en Bárbara. Desde pequeña había vivido en los barrios marginados, donde la droga, el sexo y el alcohol eran sinónimos de diversión, pero la pequeña y dulce niña quería ser enfermera. Su larga cabellera rubia y sus pequeños ojos, siempre investigando todo con un interés casi académico le ganó el nombre de “La pesá” entre los niños del barrio. Barby provenía de una familia gitana, con firmes y estrictas reglas. La mujer debía servir al marido, como buena gitana, y por supuesto, debía casarse con alguien elegido por su propio padre, nada de “payos”, o corromperían la pura y noble sangre gitana. Por supuesto, su preciosa Barby no podía ser una enfermera, faltaría más. Con dieciséis años, la joven Bárbara decidió marcharse. Se llevó todo el dinero que pudo de su casa, sin que sus padres supieran nada, junto con las joyas de su madre. Todo por su sueño de ser enfermera. Decidió abandonar su familia, su amada Sevilla, su adorada Torre del Oro, la cual siempre que necesitaba relajarse estaba ahí… todo por su sueño. Trabajó de lo primero que encontró, todo por mantenerse. Sueños fugaces de su residencia como enfermera aparecían mientras se debatía entre el hambre y la deshidratación. Mucho ha llovido desde entonces, y si no fuera por el Doctor Merino, quién la encontró mendigando en la puerta del hospital. Isaac escuchó todo lo que tenía que decir la joven, y vio ese brillo en sus ojos. Decidió ayudarla a cumplir su sueño, y tomarla bajo su ala. Apostó su carrera por una desconocida, la cual sólo deseaba una cosa en su vida: Ser enfermera. Ya nada sabe de su familia, pero lo que sí sabe, y sus ojos color esmeralda lo dicen, es que ha cumplido su sueño, a pesar de todos los problemas y conflictos que tuvo en su vida, nada rompió su fuerza de voluntad por ser enfermera, por poder al fin convertirse en lo que siempre soñó, y nadie, ni su familia, iba a destrozar lo que tanto trabajo le costó, y así fue.
“Pepe” era de los pocos pacientes que gozaba de unas “dulces fragancias tropicales” valoradas en menos de un euro.
El doctor Merino se dispuso a hablar, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, “Pepe” lo observó con una mirada penetrante, analizando cada parte de la anatomía del doctor: sus ojos, sus brazos… hasta que vio el diario que sostenía entre sus manos. El mismo diario que todo el hospital quería leer, el mismo diario que Isaac había guardado celosamente para que nadie leyera su contenido hasta que alguno de los dos desconocidos despertara…
—Disculpe la indiscreción y que me salte las formalidades doctor, pero necesito que me dé ese diario, es de vital importancia.
—Antes me gustaría que me respondiera algunas preguntas. La primera y obvia: ¿quién es usted? Luego: ¿qué hacía luchando como un equilibrista con otro equilibrista en lo alto de las torres Mapfre? Y por último: ¿por qué no porta ningún tipo de identificación?
La cara del paciente demostraba una total confusión ante el colosal bombardeo de preguntas por parte del veterano doctor. Merino se dio cuenta, casi al instante, de su falta de tacto profesional al no decirle nada al paciente de su estado de salud actual:
—Disculpe mi atropellado interrogatorio. Soy el doctor Isaac Merino. Fui yo quien lo intervino quirúrgicamente hace dos semanas atrás. Afortunadamente su estado es estable en estos momentos y está teniendo una respuesta favorable a los medicamentos, aunque tendrá que pasar unas semanas en observación, ya que su operación, a pesar de haber sido exitosa, requiere un atento seguimiento clínico, por posibles secuelas o por alguna clase de alergia o rechazo a los medicamentos. Además…
—Por supuesto que queda disculpado, Doctor Merino, y le agradezco los datos clínicos sobre mi intervención, mi reacción a los medicamentos y demás detalles médicos, pero necesito que me dé ese diario de una vez por todas. Es muy importante para mí, mucho más de lo que usted cree.
Ahora fue Isaac Merino quien se sintió un tanto confuso. ¿Qué tan importante podía ser el diario que tenía en sus manos? ¿Cuál era la razón por la cual su paciente estaba tan preocupado por él, dejando a un lado los detalles de su salud, de algo tan trascendental como su lucha entre la vida y la muerte?
—No se preocupe usted, lo entiendo perfectamente. Imagino que puede servirle para poner en orden sus recuerdos, ya que la contusión pudo haberle provocado algún tipo de laguna mental.
En el rostro de “Pepe” se dibujó una media sonrisa, casi irónica.
—Exacto doctor. Tal vez pueda parecerle que soy demasiado maniático con mi salud, pero es que no quisiera parecer un… lunático.
—Por supuesto, no se inquiete. Dejaré el diario en sus manos. Volveré en unas horas, cuando haya puesto orden a su cabeza.
–Muchísimas gracias, Doctor Merino, mi coco está un poco tocado ahora mismo, pero sé que le debo a usted algunas respuestas. Le prometo que serán contestadas cuando regrese en unas horas.
Una mirada de comprensión y entendimiento cruzó el rostro del doctor Merino, quien recuerda el sufrimiento de muchos de sus compañeros durante la guerra civil, las grandes lagunas que muchos sufrían causadas por un estado de shock o por heridas demasiado graves, tanto del cuerpo como de la mente, diferentes de delirios, rallantes con la locura… Para Isaac era un alivio, casi una alegría, ser uno de los pocos supervivientes de aquella guerra infame (¿o era el único?) que no había terminado en un manicomio. Si alguien hubiera visto lo que su pelotón vio. Si alguna vez se sintiera capaz de contarlo a alguien, aunque sea para quitarse ese enorme peso de encima… pero no, no puede, o mejor dicho: sabe no debe.
—De acuerdo, y le repito: no se preocupe e intente recordar todo lo que pueda.
El Doctor Isaac está a punto de marcharse, cuando se vuelve para señalar.
—Ah, por cierto, en el hospital lo hemos apodado “Pepe”, ya que desconocemos su nombre. ¿Podría al menos responderme a esa pregunta, para saber cómo dirigirme a usted?
Mientras Isaac le hacía este último comentario, “Pepe” ya había comenzado a hojear el diario. “Pepe” pareció dudar por una fracción de segundo y dibujando una pequeña, casi imperceptible, afable sonrisa en su rostro.
—Marcus, doctor. Llámeme Marcus.
Spoiler para Episodio 3: Los Hilos del Destino:
Episodio 3: Los Hilos del Destino
Merino se dirigió a su consultorio, a intentar encajar en su desordenada cabeza lo que había acontecido en la habitación del llamado Marcus. ¿Quién era realmente? ¿Un inmigrante ilegal? ¿Un mafioso? ¿Un amnésico? Muchas preguntas, pero ninguna respuesta. Nada parecía tener sentido, al menos no en ese momento. Lo poco que pudo leer Isaac del diario no le sirvió de nada. Una casa ardiendo, un hombre sin hogar, sin familia, e intentando encontrar a quién lo hizo… ¿Quién escribió ese diario? ¿Era Marcus quien había despertado? Parecía una historia de ciencia ficción, de hecho, jamás pensó que le pasaría algo tan absurdamente interesante e intrigante. Quizás era un demente que había escrito la historia y se creía el protagonista de la misma. ¿Cómo sino se explica la barbarie acontecida en el diario? Nadie podría tener un equilibrio mental normal después de aquello. Nadie podría sentirse sino vacío después de ver arder su hogar, sabiendo que sus hijos y su amada esposa han sido calcinados en su interior, dejando tan sólo vestigios de lo que podía haber sido una maravillosa vida. Una persona sólo movida por la venganza no es dueña de su vida, tan sólo es una marioneta inerte, guiada por los finos hilos de la ira y el odio.
Súbitamente, la habitación se sume en la más absoluta oscuridad, y una cálida luz se manifiesta en la penumbra, tomando por sorpresa a Isaac. Ya no está en su consultorio, ya no está en el Hospital del Mar. Tan sólo ve la nada, una nada incesante hasta donde alcanza la vista, y más allá.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Por qué me has traído aquí?
—Todo a su tiempo, Isaac Merino. Los finos hilos de tu Destino te han atado, de forma irrefutable a algo más allá de tu comprensión y la de aquellos que te rodean, a algo que nunca serás capaz de comprender en su totalidad, y que siempre escapará a tu perspicacia. Has sido adherido al mayor hilo que jamás ha existido en este mundo. Uno que puede desmoronar los mismos cimientos que “Aquellos” han forjado en esto que llamas “Mundo”. Ese hilo será una bendición y una maldición, pues cambiará tu visión de todo lo que te rodea. Posiblemente pierdas la cordura, como muchos antes que tú, aunque creo que eres diferente. Por algo lo has salvado, y por algo has abierto el diario. A partir de ahora, “Aquellos” te buscarán. Sabrán que has hablado conmigo, sabrán que lo has salvado, y sabrán que sabes lo que sabes.
—Pero yo no...
— Ahórrate las excusas, Isaac Merino. Tanto tú como yo sabemos que has leído el contenido del diario. Has descubierto algo que vosotros, los humanos, jamás deberíais saber. Has descubierto que existen seres superiores a vosotros. Has abierto la puerta de tu propio infierno. ¿Estás listo para sufrir para conocer la verdad?
La luz comienza a hacerse más y más grande, hasta dejar totalmente ciego al doctor Merino, cuando éste quiere darse cuenta, está de vuelta en su consultorio, y alguien llama a su puerta insistentemente.
Spoiler para Episodio 4: Galindo:
Episodio 4: Galindo
—Adelante, pase por favor.
El doctor Galindo entra precipitadamente en la consulta de Merino. Su aspecto desaliñado y sus toscos rasgos demuestran que, más que a la medicina, debería haberse dedicado a la albañilería. Parece un misterio que hubiera conseguido aprobar la carrera, aunque muchos dicen que fue gracias a los turbios contactos de su padre, un hombre de dudosa reputación, quien suele moverse en círculos que rozan la ilegalidad. Su larga cabellera cobriza, atada con una gomilla utilizada desde tiempos inmemoriales, unida a sus inexpresivos ojos color carbón, dan la impresión de una persona despreocupada y poco profesional. Exactamente lo que es el doctor Galindo.
—Oiga don Isaac, quería comentarle algo del tío ese que he operao.
Isaac todavía seguía pensando en lo que acababa de sucederle, esa luz cálida que creía haber visto, el diario de Marcus, que si hilos del destino, que si tonterías cósmicas… Merino no creía en lo sobrenatural, pero esa visión escapaba a su comprensión racional.
—Eh, viejales, ¿te enteras o qué?
—Sí, Galindo, sí. Dime. ¿Qué pasa?
—Pues, a ver, el tío este en cuestión está bastante tocado. Ni pajolera idea si va a despertarse o qué va a pasar con él… el caso es que quería cambiarte el paciente, porque yo como que paso de tener un fiambre comatoso cargado sobre mi espalda, como comprenderás, claro.
—Doctor Galindo, su deber es curar a sus pacientes, no intercambiarlos con otros médicos como si fueran postales.
—¡Postales, dice el viejales! Vamos a ver, vejestorio, creo que no lo pillas. Tú vas a cambiarme tu paciente… o las cosas se van a poner feas. ¡Muy, muy, muy feas!
Isaac Merino sabe lo que eso significa. Sabe que las historias turbias que cuentan sobre la familia Galindo son ciertas, y que esta decisión puede costarle mucho. Lo sabe bastante bien.
—Galindo, márchate de mi consulta, tengo pacientes esperando y otros asuntos que requieren mi atención. Obviaré tu último comentario, haré oídos sordos, a menos que quieras que el Director Fuentes se entere de que vas amenazando a “vejestorios” porque no puedes cumplir bien tu trabajo. Tú dirás.
—Bien Merino, bien. Tú ganas, pero esto no quedará así. Tenlo por seguro, te tragarás tus palabras y vendrás rogándome el cambio.
—Sí, lo que tú digas Galindo. Sal de mi consulta en éste momento a menos que quieras que esto se ponga feo. ¡Muy, muy, muy feo!
Galindo deja escapar un gruñido, y abandona la consulta. Merino comienza su ronda de consultas, olvidándose del diario, de la luz, y de Galindo
Spoiler para Episodio 5: El Vórtice:
Episodio 5: El Vórtice
Luego de un ajetreado día de trabajo y de dejar todo listo para el próximo día, Isaac se dirigió al estacionamiento. Un inmenso lugar que tiene historia. Según las señoras de la zona, en ese mismo lugar fusilaban a los rojos que intentaban luchar contra el régimen, y desde entonces sus almas rondan en reclamo de justicia por el recinto. Estas historias siempre le parecieron a Isaac Merino un mito popular, aunque después de lo acontecido, ya no sabe qué pensar. ¿Acaso tamaño mito urbano podía cobrar vida, tal como pensaban los antiguos romanos acerca de sus muertos, que devenidos en lémures salían de sus tumbas para hostigar a ciertos vivos? ¿Es posible que los muertos tuvieran asuntos pendientes en nuestro mundo, y vagasen por sitios cerrados, sin poder saborear la vida, que escapaba de la existencia de los mismos espectros? Merino fue por su automóvil, un modelo de esos que no dejaba indiferente a nadie, tanto para bien como para mal. Galindo solía hacer comentarios en su grupo de amistades (que, según él, abarcaba todo el hospital) sobre el coche del doctor Merino, intentando fomentar el odio hacia el buen doctor, como si de una vieja cotilla de barrio se tratara. Por otro lado, el flamante Karmann Ghia gris de Isaac era el automóvil favorito del Director Fuentes, por lo que más de una vez le pedía que lo llevara a dar una vuelta por los recónditos lugares de Barna, sumergiéndose así en una fantasía de la que tan sólo eran partícipes los dos viejos amigos.
La edad no perdona a nadie, ni siquiera a Isaac, quien intentaba buscar su coche, sin que la suerte esté de su lado.
— ¿Dónde lo habré dejado? ¡Madre mía, que dolor de cabeza! Hoy ha sido un día muy duro y ajetreado, y además… esa luz. Piensa Isaac, piensa. ¿Dónde dejaste el coche? Un momento…
Isaac parece recordar algo: la alarma de su coche.
— Bueno, mejor es nada. A tocar el botoncito de la alarma y a guiarme por el sonido, no me queda otra. Al menos sé que estaba en esta planta, mejor esto que nada.
Súbitamente, una figura se movía en círculos alrededor del doctor Merino entre las sombras del oscuro estacionamiento. El aparcamiento estaba totalmente vacío, y el eco de una gotera retumbaba incesantemente. La sombra comenzó a acercarse cada vez más a Isaac, creando órbitas alrededor de éste, hasta que Isaac sólo ve sombras. ¿Qué era eso? ¿La leyenda urbana de los fantasmas era cierta? ¿No eran los fantasmas seres etéreos, translúcidos, y que no tenían contacto con los humanos?
Isaac Merino nunca había tenido tanto miedo en toda su vida. Nunca había albergado tal sentimiento en su corazón. Miedo a lo desconocido, a aquello que la ciencia no era capaz de explicar. Jamás en todos sus años de servicio había visto a nadie moverse así, ni a los soldados más entrenados, ni a los atletas más ágiles. Jamás. Aquello que se encontraba rodando alrededor del doctor no era humano, estaba seguro de ello. El vórtice cada vez se cerraba más y más su alrededor. Isaac se decide, su mente consigue relajarse, aunque no del todo, lo suficiente como para intentar una jugada arriesgada… una apuesta: todo o nada.
— ¡Eh, tú, loco de mierda! Fantasma, espectro, lémur, bicho raro, lo que seas. ¿Me Oyes? ¿Qué quieres de mí?
— Tú… eres… Isaac… Merino.
— Sí, soy yo, qué listo eres bicho negro.
— Tu... hilo... del…destino…ha…sido…vinculado…al…mayor…hilo…de…
Todos… al… hilo… rojo… al… hilo… del… Renegado.
— ¿Renegado? ¿Qué quieres decir? ¿Quién eres?
— Has…visto… “La Luz”… debes…ser…purificado…
— ¡Un momento! ¿Qué era esa luz? Si sabes algo, por favor, dímelo. Me da igual quién seas o qué quieras, pero necesito saber qué significaba todo eso.
— Aún… no… es…el…momento…Isaac…Merino.
— ¿Y cuando lo será? ¡Dímelo!
A lo lejos, al otro lado del parking, se escuchan pasos rápidos. El chapoteo a través de la gotera delata la posición de la otra persona, que se dirige hacia el coche del doctor.
— ¡Doctor Merino, soy Bárbara! ¿Está usted por aquí? ¡Se ha olvidado su cartera en la consulta, aquí se la traigo!
No, todos menos ella. La pequeña Barby, a quien consiguió que admitieran como enfermera, a quien él mismo salvó de vivir como una indigente. Todos menos ella. Isaac intenta pasar a través de la vorágine negra, pero es inútil.
— Otro…hilo…se…ha…unido…al…hilo…rojo…
— ¡No, no mezcléis a Bárbara en esto, no tiene nada que ver!
— Aún…no…es…el…momento. Nos…volveremos… a…encontrar… Ermitaño… Isaac… Merino…
— ¡Eh, espera!
La sombra se ha disipado, el vórtice ha desaparecido. Todo ha vuelto a la normalidad, e Isaac se encuentra cada vez más confuso. ¿Hierofante? ¿Una sombra negra?
— ¡Doctor Merino! Al fin lo encuentro.
— Oh, Bárbara. ¿Sucede algo?
— Si doctor, se había olvidado la cartera en su oficina. Parece que el Alzheimer no perdona a su edad.
— ¡Un poco de respeto a tus mayores jovencita! ¡O sufrirás la ira de Galindo!
— ¡No Isaac, por favor, todo menos escuchar a Galindo!
— Bueno Bárbara, ya que estás aquí ¿Por qué no me acompañas a cenar? Hoy tenía pensado hacer pollo con arroz con salsa especial Merino.
— ¡No me perdería su salsa por nada del mundo, Isaac!
— Bien, bien, pues entonces en marcha muchacha.
— ¡Sí señor!
Isaac Merino sin embargo no pensaba en la agradable cena que tendría con Bárbara, su mente estaba en otro sitio: la luz, el vórtice, el Ermitaño, el Renegado, el hilo rojo… demasiadas cosas indescriptibles. Muchos acertijos y pocas respuestas. Merino se ha decidido: luego de la cena con Bárbara comenzará a investigar todo lo que le ha acontecido en los últimos días. Se acabaron las dilaciones.
La búsqueda de la verdad comienza… en este preciso momento.
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Episodio 6: El Marcapasos
El pequeño balcón del apartamento de Isaac se esbozaba tenuemente sobre la segunda planta de un humilde bloque de pisos, en la críptica y brumosa noche en el Carrer Ferrán número treinta y seis. Las siluetas de los transeúntes eran fugaces ráfagas de realidad para la perturbada mente del Doctor Merino.
Isaac no podía pensar, no podía responder, no podía comprender las banalidades de las que hablaba Bárbara. Su mente estaba sumergida en una vorágine de recuerdos, en un bucle constante, un círculo perfecto e infinito, que no se detenía.
— Isaac, ¿Te pasa algo? Estás como en un viaje de raro desde que salimos del estacionamiento.
— ¿Eh? Ah, perdón Bárbara, es que tengo un par de… complicaciones con… algunos casos en el hospital y me tienen un tanto preocupado, sólo eso.
— ¿Seguro? Tú sabes que para eso estoy, si tienes algún problema, puedes contármelo.
— Sí, lo sé Barby. Tranquila, no es nada, confía en mí.
— Bueno, más le vale doctor Merino… ¡O tendremos problemas!
— Sí señorita Heredia. No quiero tener problemas con la única fanática de la salsa especial Merino.
— Hablando de esa salsa. ¡Ya es hora de probarla de nuevo!
— Sí, subamos. Siento haberte preocupado, Barby.
— Nada hombre, tú no te preocupes, que me preocupo porque quiero. Pero no quiero verte agobiado por tonterías, ¿Le ha quedado claro don Merino?
— Sí, muy clarito. ¿Ya podemos entrar?
Isaac introdujo la llave en el antiguo pórtico de madera. Al abrirla, la desvencijada puerta, de la cual lo único renovado era la cerradura, cambiada hace diez años, dejó escapar un ligero pero contundente crujido. El suave espiral grisáceo de las escaleras era iluminado sutilmente por las pequeñísimas luces que acompañaban el infinito espiral de peldaños. Era un edificio antiguo, Merino creía que debía tener más de cincuenta años. Jamás nadie se había preocupado por colocar un ascensor, así que la única forma que había de subir era mediante las desvencijadas escaleras.
Bárbara ya estaba acostumbrada al tétrico edificio, no era la primera ni sería la última vez que visitaba al bueno del doctor. Merino cuidaba de la joven sevillana como si fuese la hija que nunca tuvo, aunque los sentimientos de esta iban más allá de los lazos familiares.
Mientras subían la sinuosa escalera hacia la segunda planta, Isaac escuchó un extraño chirrido metálico, irreconocible para el doctor. Merino intentó agudizar su oído para detectar de dónde provenía el desconocido sonido, pero la errática resonancia, como si hubiera adivinado lo que pensaba el doctor, cesó de forma casi instantánea.
Cuando Isaac se quiso dar cuenta, estaba en la puerta de su departamento, con Barby a su lado, quien esbozaba una sonrisa que sería capaz de derretir hasta al mismísimo glaciar Petermann. Merino le devolvió la sonrisa, y se dispuso a abrir la puerta, pero algo le llamó la atención: la cerradura había sido forzada. El cerebro de Isaac estaba sufriendo un momento crítico: las amenazas de Galindo, el Vórtice, el diario de Marcus, y ahora esto. Merino sintió un agudo dolor en el pecho. Su mano, de forma automática se dirigió al foco del dolor: su corazón. El mismo corazón débil, que le causó a su madre tantos problemas cuando Isaac era pequeño. El mismo que le hizo dudar en más de una ocasión si merecía realmente la pena estar vivo. El mismo que cuando sufría problemas o estaba bajo presión, comenzaba a lanzar suaves y constantes estocadas hasta convertirlo en una tortura. Isaac era una persona práctica, una persona que creía en la evolución de la ciencia, pero que jamás había aceptado la ayuda de un marcapasos para poder superar aquel grave problema. “Eso es para viejos, y yo estoy en la flor de la vida”, era lo que decía Merino cuando se le preguntaba sobre el “reloj”. Pero en aquel momento, con Bárbara a su lado mirándolo con impotencia, se preguntó al fin: “¿Por qué no habré aceptado la intervención? ¿Por qué no habré aceptado el marcapasos?” Pero ya era demasiado tarde. Isaac Merino cerró sus ojos, pensando otra vez en ese maldito y débil corazón, dándole problemas. Aunque esta sería tal vez la última.
El rostro de Barby empañado en lágrimas, llamando urgentemente al hospital solicitando una ambulancia, fue lo último que consiguió ver Isaac, mientras caía en las tinieblas del olvido.
Spoiler para Episodio 7: Jägers:
Episodio 7: Jägers
Todo sucedió demasiado rápido para Bárbara. La puerta del apartamento del doctor Merino había sido forzada, y éste sufrió un infarto, además del extraño comportamiento de su tutor y amigo. Algo estaba afectando al juicio de Merino, modificando su comportamiento, llenando su mente de dudas; pero lo que más consternaba a la sevillana no era esto, sino sentir una extraña distancia de quien fuera su salvador, de aquel que la había rescatado de una vida al filo de la realidad.
La ambulancia llegó quince minutos después de haber sido llamada desde el domicilio del Isaac. Bárbara, enjugada en lágrimas, no se había movido de la vera de Merino, esperando pacientemente la llegada del equipo médico. Los galenos subieron rápidamente hasta la segunda planta, donde se encontraba el paciente, yaciendo en el frío suelo de mármol. Barby reconoció a uno de ellos, un tal Manuel “Manolito” Carbonell, recién llegado al Hospital del Mar. Su voluminoso pelo rizado lo distinguía por encima de todos los demás, al igual que su ancha nariz, que contrastaban con su finísimo rostro. Su comportamiento no era el mejor ni el más indicado para un novato, pero aún así, nunca se callaba nada… aunque eso sacara de sus casillas a Galindo.
Bárbara, con aire ausente, miró a Manolito. Rápidamente, su mente volvió a la realidad.
— ¡Rápido, lleváoslo, Isaac ha sufrido un infarto!
— ¿Por qué no has hecho nada, Bárbara? ¿Por qué no has intentado reanimarlo? ¿Sabes que podría morir por tu infantil reacción? ¿Eres consciente de ello?
— ¡Sí, lo soy, Manolito, lleváoslo, y no perdáis más tiempo!
— Sí, sí… pero vete preparando para una buena por parte del director Fuentes.
Mientras hablaba, Manolito comenzó a realizarle masajes cardíacos, alternándolos con respiración boca a boca, pero no había forma: Isaac no reaccionaba. Bárbara se marchó junto a Manolito y todo el equipo médico, preparándose para las consecuencias de sus actos. Pero había omitido un detalle, o más bien, se había olvidado de ello. La cerradura de la puerta del apartamento de Isaac había sido forzada. Alguien había entrado buscando algo. ¿Pero quién? Si Bárbara hubiera entrado, quizás hubiera visto a un indigente bebiendo la botella de whisky escocés del buen Merino. Quizás se hubiera dado cuenta que el miserable estaba leyendo fotocopias del famoso diario. Sí, Isaac había mentido, incluso había fotocopiado el diario, para poder entender un misterio que lo obsesionaba. Al paupérrimo individuo se le dibujó una gran sonrisa en el rostro.
— Bueno, bueno… Se ve que el doctor les va a dar muchos problemas a “aquellos”, quizás es hora de que los Jägers muevan ficha.
Spoiler para Episodio 8: El Accidente:
Episodio 8: El Accidente
La ambulancia llegó rápidamente al sanatorio. Manolito se dirigió con celeridad a buscar al jefe de la guardia médica, mientras que Barby preparaba a Isaac para la reanimación con choque de eléctrico de corriente continua. Merino no podía morir, su héroe no merecía morir así, la única persona que creyó en ella estaba al filo de caer para siempre en las profundidades del abismo.
Manolito no encontró al jefe de la guardia, y fue por el único doctor que se hallaba disponible en ese momento. Pero el galeno parece no estar demasiado contento de que lo hayan llamado.
— ¿Pa’ esto me haces levantarme de mi siesta? ¿Para un colgao que le ha dado un infarto?
— Doctor Galindo, no es cualquier persona. Es el doctor Isaac. Y para eso le pagan, después de todo.
Una maliciosa sonrisa se dibujó en el rostro del cirujano novato Galindo. Gracias a sus contactos, lo sabía todo de todos sus “enemigos”, entre ellos, Isaac Merino. Sabía perfectamente el estado de su débil corazón. Sabía que necesitaba un marcapasos con urgencia mortal. Sabía que Merino no quería depender de uno… pero sobre todo, sabía que en las operaciones a corazón abierto sucedían “accidentes”. Una vez en la sala de urgencias, sin siquiera echar una mirada al paciente, Galindo ordenó a Bárbara, con un dejo de desprecio en la voz:
— El paciente tiene un corazón muy débil, confirmadlo en su historial. Me llevo al vejestorio al quirófano nº4, que es el que está disponible ahora. Voy a ponerle un marcapasos.
— Un momento, Galindo. Sabes lo que piensa Isaac de…
— Eh, eh, enfermerita. Callaita estás más guapa. A Merino se le instalará un marcapasos, te guste a ti o no. ¿Queda claro, niñatilla? ¿O prefieres que hable con el doctor Fuentes de tu impertinencia? No creo que tenga problemas de mandarte a la puta calle, a comer basura y a vivir debajo de un puente como has estado toda tu vida.
En el bello rostro de Bárbara se dibujó una mueca parecida al odio, mientras le lanzó una fulminante mirada.
— Lo siento doctor Galindo, no volverá a suceder.
— Así me gusta. Avisa que preparen el quirófano, llévate al vejestorio y tenlo preparadito, que lo voy a rajar.
La corrupta mente de Galindo comenzó a maquinar. ¡Todo preparado…! ¡Al fin iba a quitarse de encima a Merino! Todo sería visto como un problema de Manolito. Había llegado demasiado tarde, y ya no se podía hacer nada. La verdad estaría oculta por un suave velo… la muerte sería en el quirófano… y con un marcapasos en su corazón.
Spoiler para Episodio 9: La desaparición:
Episodio 9: La desaparición
La operación estaba siendo un éxito, al menos para Galindo. A cada paso que daba, su sádica sonrisa, invisible detrás de la mascarilla, se hacía más y más grande. Se acabó Merino, aquí y ahora. El corazón de Isaac, y su vida estaba en sus manos, en las manos de un psicópata, de un sádico y de un matasanos en todos los sentidos.
Mientras tanto, Barby espera con impaciencia en la puerta del quirófano. Siente como su corazón es oprimido por una mano invisible, el temor y el terror de que su querido doctor no sobreviva a la intervención, y más teniendo en cuenta quien es el cirujano de ésta intervención. No puede pensar, no puede sentir… tan sólo esperar.
Al fin ha llegado el momento que estaba esperando el doctor Galindo. Su grotesca mente maquina y maquina… una operación a corazón abierto, un marcapasos, la muerte de Isaac, y todo en sus manos. ¡Se acabó Merino, llegó la era de Galindo!
Pero súbitamente, se apagan las luces, y con ello las máquinas. Un tenue chirrido metálico se escucha dentro del quirófano, para sorpresa de todos. Un sonido indescriptible, que se asemeja a “algo” metálico. Los médicos comienzan a hablar entre ellos, mientras los variopintos insultos por parte de Galindo, en un esfuerzo intentando mantener la compostura, pero un grito que atraviesa la sala contrasta el intento de Galindo, o de cualquiera de los presentes: Bárbara. El llanto de la sevillana desgarrando el silencio de un hospital bañado en las penumbras provoca que todos los miembros del quirófano reaccionen, e intenten estabilizar a Merino, pero cuan es la sorpresa de todos, cuando encuentran la camilla vacía. Isaac Merino ha desaparecido, y con ello, toda esperanza por parte de Galindo para matarlo, y de Barby para mirar a sus ojos un día más. Nadie entiende nada, nadie ha oído nada, ni han visto nada. Tan sólo un chirrido metálico, y la desaparición de Isaac Merino del quirófano.
Y hasta aquí la historia de Marcus, al menos por ahora. En papel llevo unas 40-50 páginas, ya que la he estado escribiendo de forma muy irregular. Ahora intentaré comenzar a hacer 5 páginas diarias, para poder evolucionar la historia como se lo merece. Espero vuestras opiniones con ansias.
Fare Thee Well
-Demon Eyes Kyo-
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Última edición por DemonEyesKyo; 23-Nov-2010 a las 19:08
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