Sentado, los ojos fijos en la máquina, esperando a que por sus venas fluya la tinta del artista y le inste a presionar las teclas. Esperando, impaciente, a aquellos fantasmas que antaño le acosaban, a aquel ardor que se expandía por su pecho, a aquel soñar de primavera que se materializaba en sutiles movimientos de muñeca. Pero sus venas estaban secas, no había fantasmas ni demonios que exorcizar, era inútil tratar de soñar: estaba despierto. Y se sentía frustrado, pues el cuento le llamaba, sentía la ineludible necesidad de escribir. Sus manos deseaban danzar vehementes sobre el negro teclado, llenando el vacío en el monitor, vacío que era en ese entonces infinitamente inmenso.
Pensó en alguna forma de inspirarse, alguna chispa que pudiese iniciar un incendio en sus venas, una danza en sus manos. Recordó entonces que para él la madrugada era el momento preciso para escribir: su mente volvía a despertar sin descansar, hechizada por el sabor a fantasmas de la noche, embelesada por la belleza de la luna llena. Pero llegar a aquella conclusión de nada le servía, no podía posponer sus ansias de escribir, sus entrañas se quemaban en una suerte de desesperación fría que las consumía lentamente. Decidió entonces asomarse por la ventana, a lo mejor la noche temprana sería tan hechizante como la madrugada. Se apoyó en el marco y, con medio cuerpo fuera, se dedicó a observar. La luna era menos hermosa, se mostraba como lejana, altanera, recubierta en negras nubes de garúa. El ruido irregular le desesperaba, el continuo transitar de autos de gentes que se apresuraban a llegar a sus hogares le repugnaba, le recordaba a la rutina, le recordaba a su propia desesperación. El ruido de los borrachos sentados en el pórtico de la casa de enfrente no ayudaba en lo más mínimo, nada tenían que hacer aquellos vulgares gritos con el cantar turbado del borracho guitarrista que ocasionalmente se asentaba en aquel mismo pórtico al llegar la madrugada para entonar con su voz ronca himnos al amor o a la noche.
Se alejó de la ventana, aquella experiencia le había servido para poco más que para recordar ayeres en los cuales las letras fluían sin necesidad de perseguir a la inspiración, las musas llegaban a él, él no las buscaba. ¿Qué había cambiado desde entonces? No mucho, mismo computador, mismos autores preferidos, mismos hábitos nocturnos. Entonces recordó aquella experiencia, tan dolorosamente inspiradora; aunque era él conciente de que toda su inspiración no provenía de aquella terrible decepción, tenía que aceptar que mucho había influido en su forma de escribir, que durante mucho tiempo el danzar de sus manos había ido al compás de aquella balada de luces, que lo platónico había inyectado en sus venas el toque agridulce de sus escritos. Sin embargo, rechazó la idea de inmediato, no podía soportar siquiera pensar en recaer en el abismo de melancolía al que había caído aquel día, dejémosle lo platónico a Garcilaso.
Fue entonces cuando, desesperado, buscando entre las arenas de su inspiración seca una gota de agua, un sonidillo procedente de su computador le llamó la atención. Correspondía este a una ventanilla de conversación que había abierto hace ya algún rato cuando, agobiado por la necesidad de escribir, buscaba algún medio de distracción. Abrió la ventana y, en el centro del monitor, vio la recomendación dada por una valiosa amistad con respecto a su situación: “Escribe de eso entonces, que quieres escribir pero no salen las ideas”. ¿Escribir acerca de no poder escribir? Admitió que la idea había surcado su mente, pero la había descartado de inmediato por considerarla absurda, otro forzado artificio de alguien sin imaginación. Pero ahora que esa idea tenía un apoyo consideró que tal vez, tal vez no era tan mala idea. Se dirigió entonces al balcón, tomó una honda bocanada de aire, como tratando de aspirar las lágrimas de los fantasmas melancólicos, y se dirigió a su computador. Sus manos danzaban vehementemente sobre el teclado negro mientras que en el monitor aparecía el texto: “Sentado, los ojos fijos en la máquina, esperando…”