Señor general, usted puede matarme ahora, pero no moriré. Me explico, puesto que el gesto que ahora veo dibujado en su rostro es claramente de confusión ante tan dulce paradoja. Usted puede matarme ahora con relativa facilidad, alzar su revólver, apoyar la boca en mi frente y jalar el gatillo. En un temblor y un ardor, me habrá liberado usted no sólo de la terrible tensión de este momento, sino de vuestras cadenas. Y, bueno, usted se habrá librado de mí, o por lo menos en un inicio pensará que se ha librado de mí, puesto que tal aseveración no podría andar más lejos de la realidad. Yo seguiré vivo, compadre: mi voz se oirá en los susurros del viento, los ríos serán mis venas y sus aguas mi sangre, mis ojos transmutarán en las estrellas más brillantes de las noches más oscuras, y lo más importante es que mi espíritu y mis palabras permanecerán alojados en el corazón y la mente de mi pueblo por toda la eternidad. ¿Y sabe por qué? Porque yo no he marcado mis palabras en la mente de mi pueblo a fuerza de metales ardientes y órdenes sin fundamento, yo he edificado mi enseñanza en base al comprender y al explicar. Y sé desde ya que muchos me negarán, que muchos cerrarán sus puertas a mi incesante llamar. Sé que muchos moldearán mis palabras a su conveniencia, traicionando mis ideales para utilizarlos como armas políticas. Sé también que hay quien se aprovechará de mi imagen para amasar inmensas fortunas egoístas, atentando directamente contra lo que yo les he enseñado. Sé que todo el sistema caerá en las garras de Mamón. Pero también sé que aún en los días más oscuros, en los días en los que la gente se venda por papelitos, en los días en los que los papelitos construyan casas, existirá gente valiente que luchará. Tal vez se vean resignados en un inicio a jugar el juego del mundo, ha doblegarse ante la presión del sistema, pero ellos sabrán que están siguiendo el sendero equivocado y, en cuanto llegue el momento oportuno, lucharán de forma pacífica para acabar con Mamón y con los hijos de la violencia. Y así, los ideales de mi pueblo, los estandartes que yo llevo con determinación y orgullo, la pureza dormida en el alma humana y mi voz en el viento cobrarán sentido al fin. Y así, las razas serán una, las voces individuales e iguales en derechos, la paz será el sistema de gobierno, el respeto nuestro emblema y la libertad nuestro himno. Y yo miraré y sonreiré. Dígame usted, general, si en verdad cree que están siguiendo ustedes el sendero correcto. Dígame si usted no desearía un futuro en el que sus descendientes no tuvieran que estar rodeados de guardaespaldas por miedo a una insurrección, un futuro en el que pudieran jugar en verdes prados, en el que pudieran correr en el viento, en el que pudieran ser felices. Dígame usted, general, si en verdad quiere ser usted quien me calle, quien realice el fútil intento de enterrar mi palabra.
El general miró los ojos avellanados del hombre, los cuales se quemaban en un fulgor inextinguible. Hasta ese momento el general había cometido toda clase de atropellos contra su propia sangre bajo la débil excusa de que él no era quien estaba cometiendo tales atrocidades, que era el sistema y que él era tan solo un engranaje más en aquella oxidada máquina de odio. Pero ahora se encontraba ante él aquel hombre que ocultaba sus nobles facciones con un gesto de severidad divina, se encontraba ante él aquel hombre, rompiendo sus creencias, mirándolo a los ojos, convenciéndolo de que la decisión era suya, de que él era humano antes que engranaje. Entonces el general imaginó aquella utopía inalcanzable, aquel mundo en el que los hombres expresan sin temor sus ideas, en el que nadie es esclavo de sus necesidades, en donde el viento envidiaba la libertad del hombre, y no le quedó otra opción que tirar su revólver al suelo y abrazar a aquel joven padre del pueblo. Entonces uno de los cabos que había escoltado al general recogió el arma del suelo y asesinó a ambos de un solo tiro.
El cabo ascendió a general dos días después del fatal acto. A la semana se habría suicidado. En el pueblo apareció el primer mercader de los muchos que venderían estampitas, polos y llaveros con el rostro del héroe.