Cáncer
¿Lo oyes? No, oirlo es imposible. Es un sonido imperceptible y, a su vez, ensordecedor.
¿Lo sientes? No, eres incapaz de sentirlo. Aquella sensación insignificante no genera ningún tipo de reacción, ni siquiera un cosquilleo.
¿Te duele? No, el sufrimiento no se hace presente en tu ser. Sin embargo, su toque causa pánico y daña más que la estocada de un puñal.
¿Vive en tí? Quizás, pero ¿lo sabes a ciencia cierta? No.
Tal vez está allí. Permanece latente, recorre tu torrente sanguíneo, se fusiona con tu existir. Está allí, pasivo e inmute.
Está allí, aguardando. ¿O quizás no lo está?
¿No lo está o eso deseas? Sí, deseas que no sea parte de tu existir, que no parte forme de ti. Sin embargo, genera aquella incertidumbre, aquel titubeo que acongoja tu corazón y aprisiona tu sentir.
¿Deseas que desaparezca? Sí, lo deseas. ¿Puedes destruirlo? No, no puedes. Él te destruirá a ti, porque tú debilidad es su fortaleza y, a su vez, tu fortaleza es su debilidad.
No puedes matarlo, vive en ti y contigo vivirá siempre. Él existe porque tú existes y es gracias a ti que se ha convertido en inmortal.
¿Tienes miedo? Sí, siento tú temor. Lo percibo y lo comprendo. Puedo comprender la manera en la cual tu respiración se agita ante la ansiedad de la esperanza y la impaciencia nubla tu buen juicio. Puedo entender el motivo de tu penar y la tortura que te acompaña día a día, semana tras semana. Aquella presencia homicida y silenciosa acecha sigilosamente, perturba tu mente y agobia tu alma.
Él es el asesino perfecto y sútil, la tóxina que contamina a la humanidad. Él es el veneno que no posee antídoto ni cura.
¿Qué puedes hacer? Sólo hay algo que puedes hacer: luchar.
Pelea hasta el final, sé fuerte y defiende tu tan preciada vida.
¿Ganarás? No, no lo harás. Él vive en ti, él es parte de ti, y mientras tú vivas, él vivirá.
Aprende a resistir su compañía, ya es parte de tu existencia y jamás se irá. Deja de contar tus días y dísfrutalos, deja de llorar y de lamentarte. Sé feliz.
Espera. Lo único que puedes hacer es esperar. Aguarda aquel súbito momento que te permitirá descansar.
Jamás pierdas aquella maravillosa sonrisa, no extravíes tu motivo para vivir. No dejes que te derrote.
¡Pelea! Pues tan cruel batalla, te llevará a la súblime y anhelada salvación.
Aguarda. Ya he emprendido mi búsqueda hacia ti y te prometo que llegaré en el momento adecuado, cuando me necesites.
Daré fin a tu agonía, te brindaré aquella paz eterna que tu espiritú ansía y tu corazón reclama desesperadamente.
Te otorgaré... la libertad.
Tu amiga,
La dama del luto eterno