Difuso, el viento gélido se posa en las grietas del amanecer adolorido. El fantasma camina entre las sombras del alba, deslizandose, sus pies ligeros arrastran el peso de una vida en tinieblas. Las cadenas que alguna vez le ataron a pesadillas innombrables yacen ahora solitarias, cubiertas en óxido, envueltas en los pútridos recuerdos de sus pecados malditos. El fantasma hoy es libre, mas no se siente como tal. Aun siente las cadenas, la pesadumbre de la culpa, el infierno del llanto alicaído inexistente, el vacío en el alma llana del silencio persistente. Su culpa sofoca su existir sin sentido, la carne adherida a sus huesos rancios arde con el deseo del infierno merecido, su existencia en este plano perdió ya sentido. Por eso es que ahora vaga, vaga la amarga sombra de la noche, vaga por antiguas calles de su limpia niñez, vaga por antiguos burdeles de su juventud impía, pero su paso pierde firmeza al encontrarse con la fachada del hogar de sus demonios. El hogar donde dio rienda suelta a sus instintos más salvajes, el hogar donde vio ahogarse la esperanza de claridad que quedaba en su alma ennegrecida. En esa cueva de ladrillos, en ese infierno colorido, en ese hoyo abandonado, en ese recuerdo desplomado, la sangre de su luz corrió, liberada por el hachazo fatídico del odio ciego y del resentimiento pasional. Hoy, hogar de demonios y fantasmas; ayer, el hogar de un lucero blanco. El fantasma solloza amargo sus penas, su idiotez, su brutalidad, sus instintos demoniacos. Mas el fantasma va a cobrar revancha... contra sí mismo. Hoy, se muestra al lucero del mundo. Hoy, el fantasma se para en medio de la concurrida plaza central y, con un revólver robado en mano, amenaza con terminar con su vagar insensato. Hoy, al resplandor del alba, con el sol como testigo, el fantasma aprieta firmemente el gatillo y recibe, cobarde y valiente, la bala con determinación férrea.
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- "¿¡Se escapó?! ¿¡Cómo se pudo escapar ese gusano!? ¡Nadie nunca había escapado de "San Toribio"! ¡Es un penal de máxima seguridad, maldita sea, tenemos como mil hombres allí, carajo! ¡Mierda, busquen a ese maldito! Búsquenlo mierda, ¡¿qué esperan?!"
La sala se vio invadida por un incómodo silencio sepulcral. Los oficiales, con la cabeza gacha, sentían sobre cada uno de ellos el enorme peso de la responsabilidad incumplida. El silencio se vio violentamente asesinado por la súbita entrada de un informante a la sala de conferencias.
- "¡Señor, señor, traigo noticias del carcelario fugado HW669!"
- "¿¡Qué esperas, hijo!? ¡Escúpelas!"
- "El homicida fue encontrado muerto de bala en la plaza principal de "Vencedores". Se suicidó al amanecer, hay un par de testigos que lo afirman, además, llevaba el arma asesina en la mano. Unos informantes anónimos han dicho que desde hace un par de semanas, desde su escape supongo, merodeaba de noche por las calles antiguas del distrito y se escondía, asustado, de día. Vaya loco."
La sala fue invadida por un silencio que ostentaba, presuntuoso, una mezcla de melancolía y cólera. Invadido por la frustración, invadido por el mórbido recuerdo del cadáver sangrante de su joven hija, el coronel sólo atinó a decir: "Se me adelantó al tiro, el hijo de puta".